Este blog es una iniciativa de la agencia de noticias IPS y de su corresponsal en Bogotá, Constanza Vieira.

Hoy es un día de coraje

09 de junio de 2010

Hoy es 9 de junio de 2010. Por vez primera, la justicia colombiana se atreve a fallar contra un oficial que tuvo un papel protagónico en la retoma violenta del Palacio de Justicia, en 1985.

Y ha sido una mujer amenazada, la juez María Stella Jara, la que se ha atrevido. Hoy, ella condenó a 30 años de cárcel y 10 años adicionales sin ejercer cargo público alguno al coronel retirado del ejército Alfonso Plazas Vega.

Plazas Vega ha sido condenado por secuestro y desaparición forzada. Es el primero. La sentencia se esperaba desde diciembre pasado. Hoy hubo   llanto y hubo fortaleza, en la calle bogotana donde están los juzgados especializados.

“Ha comenzado a romperse el silencio que por tanto tiempo protegió a los responsables”, reaccionó desde Londres Marcelo Pollack, investigador sobre Colombia de Amnistía Internacional.

Hoy, uno de los apoderados de las familias de los desaparecidos del Palacio de Justicia, Jorge Molano –también amenazado- recordó a su maestro y a su ejemplo:“…Hoy es un día en el que un único abogado tenía la legitimidad, la autoridad moral y el derecho para estar notificándose en esta sala de la sentencia en el caso del coronel Plazas Vega”, dijo Molano.

Eduardo Umaña Mendoza, prosiguió, “fue el que trabajó todas las pruebas. Hizo las investigaciones. Reunió a los familiares e hizo las denuncias para que este caso por fin se conociera”.

“Eduardo Umaña Mendoza fue asesinado en su oficina 18 de abril 1998, dos meses antes de que se iniciaran las diligencias de exhumación de los cadáveres en el Cementerio del Sur…”.

Cuando mataron a Eduardo Umaña Mendoza (en la foto), su padre, el gran jurista Eduardo Umaña Luna, fue el único capaz de dominar, con una orden de serenidad, a la muchedumbre adolorida, enardecida y dispuesta todo, que lo velaba en la Universidad Nacional.

Hoy, Camilo Umaña, hijo y nieto de los dos Eduardos, escribió a las familias de los desaparecidos del Palacio de Justicia. Este es su texto.

Sentencias de muerte

Para los y las familiares de los desaparecidos del Palacio de Justicia

Por Camilo Umaña

Nacimiento y muerte son determinantes. Significan uno y otro extremo, delimitación. Las arenillas que se mecen en los relojes.

Poco después de nacido, un algo conmocionó el ambiente que me rodeaba. Yo no sabía sino de madre y padre, pero se hablaba de un Palacio, de la pobre gente, de guerra y de muerte y de balas y de una serie de cosas que en cierta medida me hubiera gustado nunca entender, haber proseguido en la ternura indefinidamente, infinito.

Cuando se es pequeño poco importan las profesiones, porque se quiere saltar, gritar, reír, llorar, correr; no importa el dinero porque importan las paletas y los patines; no importan los museos sino esos sitios gloriosos donde hay árboles, y cucarrones, y columpios, y los siempre apreciados amigos de ocasión.

Siempre veía a mi padre grandote, con corbatas desencajadas, oliendo a cigarrillo como una chimenea deambulante. Me enteré entre los bordes de mi nobel vista de que mi padre cargaba un maletín rojo de cuero con un cierre duro dorado porque allí tenía historias e injusticias y que en su barba que picaba cuando lo saludaba de beso yacían el impulso, las palabras, la dicción de su justicia, su quehacer.

Sabía muy poco de personas, porque el universo del niño se compone de figuras más íntimas. De personajes más que de personas. Entre esos figurantes uno está al tanto de la palabra ‘familia’: hay viejitos y se llaman abuelos, hay jóvenes y se llaman primos, hay cálidos y se llaman tíos.

El problema de los nombres siempre se me dificultó: la palabra familia se amplió en un abanico gigantesco, se plurificó en la sala misma de mi casa. “Doctor, en la portería está la familia Guarín”, “Llegaron los Rodríguez, José Eduardo”… Había que preparar tinto, tener agua a la mano, pañuelos desechables y un abrigo invisible de sonrisas y abrazos.

Entre esas familias que no eran la propia siendo la mía, había una presencia mística, siempre lo noté: de niño se es extraordinariamente lúcido y sensible.

Se escuchaban los ecos en sus pasos, se veían en las flores siemprevivas de los homenajes sus rostros, se gustaban en sus lágrimas, se acariciaban en sus sombras: desaparecidos, me explicaban.

Sabiendo tan poco de la vida, me contaban que los desaparecidos eran seres que estaban sin estar. Yo recuerdo que pensaba en los seres mágicos (dragones, gnomos, sirenas, magos…) que veía en mi cotidianidad de juego (y que nunca me han abandonado), y los fui asimilando y trayendo a mi conocimiento, paulatino, como una llovizna suave que en un trueno arrecia.

Esa presencia mística poco a poco me llevó a entender la inmensa oportunidad que significaba llegar a casa y poder abrazar a mi papá y a mi mamá; paso a paso fui comprendiendo que el amor y la vida son inasibles, vaporosos, cuestión de instante, pero que se sienten fuertes cuando abrazas y vigorosos cuando besas, abundantes cuando recuerdas y generosos cuando carcajeas. Son la única experiencia que me llevaré de este mundo de muerte que injustamente arrebata y arrebata.

En medio de todo eso crecía en mí un adulto que no pude refrenar y que hoy en día se escapa en el golpe de vista del espejo. Supe que mi padre era amenazado, que lo hostigaban. Supe que caía muerto por balas asesinas. Supe que las familias que eran la mía corrieron despavoridas, como yo mismo lo hice, unos con unos, otros con otros. Supe de miedo, de huída, de dolor, desesperanza.

Les digo, cada vez encajo más categorías en mi pensamiento, pero al parecer cada vez comprendo menos. No entiendo por qué muchos de ustedes no pudieron tener la oportunidad de continuar, por qué el aprendizaje ha sido tan violento, por qué el sufrimiento se ha extendido con tal facilidad, por qué la esperanza no ahoga el olvido, por qué yo mismo no tuve la oportunidad.

Hoy quería hacer este alto para comunicarme desde la distancia de este escrito y contarles que me acuerdo de ustedes, de sus rostros, de sus angustias. Hoy quería recordar lo que saben: que mi padre los llevó en el corazón y en el alma, que hoy es un día de coraje, que hoy hay una presencia más juntos con los suyos: el mío.

Hoy: más vale morir por algo que vivir por nada.

Escrito en : Justicia

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Nada de lo colombiano ha sido ajeno en el trabajo de Constanza Vieira para la agencia de noticias IPS. Desde las cuatro décadas de guerra civil y la acción de sus múltiples bandos armados (guerrillas, ejército, paramilitares, narcos), pasando por el acuerdo humanitario que libere a rehenes y prisioneros, el drama de los desplazados y las comunidades indígenas, el ambiente, el proceso político legal, la relación con países vecinos, la cultura. Todo eso, y más, está presente en el blog personal de esta periodista que también trabajó para Deutschlandfunk, Deutsche Welle, Water Report del Financial Times, National Public Radio y la revista colombiana
Semana, entre otros medios.